Comunicación no violenta

La violencia forma parte de nuestra vida de tal modo que a veces nos resulta difícil darnos cuenta. Se manifiesta de formas tan diversas y algunas están tan justificadas socialmente que acabamos por validarlas y desensibilizarnos ante ellas.


Todas las personas nos hemos visto involucradas en situaciones violentas, como protagonistas o como espectadores/as, en la vida real o en la pantalla, en el presente y en la historia, la nuestra y la de la humanidad.
Cuando hablamos de violencia solemos pensar en la violencia física, pero violencia es también el uso de la palabra para intimidar o dominar.
Las dos primeras acepciones que aparecen en la definición de violencia de la RAE son: “cualidad de violento” y “acción y efecto de violentar o violentarse”.

Para poder sobrevivir como especie, el ser humano tiene un sistema de defensa que le permite afrontar aquello que siente como amenaza, que le pone en peligro.
Este sistema, que nos ha permitido sobrevivir a lo largo de milenios, tiene un componente subjetivo, experiencial, que nos puede llevar a interpretar como amenaza situaciones en la que no hay peligro alguno. En ocasiones interpretamos que pueden dañar nuestra autoestima como amenazas a la supervivencia, situaciones que pueden causarnos daño emocional ponen en alerta nuestras defensas y es entonces cuando podemos descargar nuestra ira, nuestra frustración, nuestro miedo, olvidándonos del daño que podemos causar con ello.

¿Qué nos lleva a la agresividad y a comunicarnos de forma violenta?

Marshall B. Rosenberg se hizo estas preguntas ya de niño, tras vivir una grave situación de violencia social y personal.
Con la firme convicción de que la naturaleza humana es solidaria, se preguntó qué nos desconecta de la solidaridad, que nos lleva a comportarnos de manera violenta y/o abusiva y por qué algunas personas, en estas mismas situaciones mantienen esa conexión con nuestra naturaleza solidaria.
Para responder estas preguntas desarrolló un programa de Comunicación No Violenta que ha dado la vuelta al mundo y que sirve para grandes y pequeños conflictos, para situaciones que surgen en todos los ámbitos de nuestra vida relacional y personal.
La comunicación tiene tres dimensiones, la verbal, la no verbal y la paralingüística. Sabemos que las palabras son “mágicas” y que podemos usarlas para hacer el bien o para todo lo contrario, de ahí la idea de los conjuros, las maldiciones y las bendiciones.
Con nuestras palabras podemos reconfortar, consolar y animar, ayudar a sanar; también podemos desalentar, humillar y herir.
Detrás de todo acto de comunicación hay emociones, estas impulsan y orientan nuestro mensaje y detrás de toda emoción, hay una necesidad.
Nos expresamos con palabras y con gestos, nuestro cuerpo y nuestro rostro acompañan el mensaje, también nuestro tono, ritmo, volumen. Todos estos componentes dan coherencia al mensaje y este mensaje ejerce un efecto en quienes lo reciben.
La comunicación no violenta tiene cuatro componentes que nos recuerdan a la estructura del mensaje yo, herramienta básica de la comunicación asertiva. Estos componentes son: observación, sentimiento, necesidades y petición.


Dice Marshall Rosenberg que “cuando usamos la comunicación no violenta para escuchar nuestras necesidades más profundas y las necesidades de las otras personas, percibimos las relaciones bajo una nueva luz”.
Cuando escuchamos las necesidades propias o ajenas y las validamos, sin juzgar, estamos humanizando, humanizándonos. Si aprendemos a escuchar nuestros sentimientos, nuestras necesidades y las respetamos, podremos escuchar las de otras personas.

El primer paso será que nos atrevamos a observar nuestras propias comunicaciones, darnos cuenta de las palabras que escogemos, del tono que utilizamos, del volumen con que hablamos, los gestos que realizamos, nuestra mirada…
Observarse y descubrir la emoción que subyace en cada una de nuestras comunicaciones, aceptar esa emoción y poder encontrar su causa, conectarla con nuestra historia y comprender para poder transformar.
Es un proceso largo, profundo, un viaje que merece la pena emprender.

Para poder escuchar hay que escucharse, para poder respetar hay que respetarse. No podemos dar aquello que no tenemos. Empecemos a aplicar la comunicación no violenta con nuestra propia persona, observemos los juicios, las críticas que nos hacemos, los mensajes nos damos, como nos descalificamos, minimizamos, nos reprochamos y exigimos; la falta de amor y de respeto con que nos tratamos.

Desde la propia experiencia podremos empezar a compartir y dar paz en lugar de violencia. Esta actitud contribuirá no sólo a nuestro propio bienestar, promoverá el bienestar común y desde ahí, con el efecto multiplicador, aunque a priori pensemos que comunicarnos de forma no violenta sea algo pequeño, contribuiremos a mejorar el mundo, nuestro mundo cotidiano que forma parte del mundo global en que hoy vivimos.


Bibliografía relacionada: 


Artículo escrito por:

Fanny Sánchez Juan

Psicóloga especialista en Psicología Clínica, Medicina Psicosomática y Psicología de la Salud, Infancia y Adolescencia, Género y Desarrollo.
Colegiada M-11119
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